DESDE MEDIA AGUA AL PLANETA
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Una de
dos: todos los vecinos se han puesto de acuerdo para decir la misma
mentira, o simplemente es verdad. Lo cierto es que todos coinciden en
que han visto un duende. Que ese duende estuvo más de una semana
atrapado en una jaula, en la casa de un vecino. Que muchos de ellos
tuvieron que pagar para verlo. Que mide entre 30 y 35 centímetros de
alto, que tiene orejas puntiagudas, que camina de costado, que
impresiona tanto que da miedo, que gruñe y que de noche pega unos
alaridos tan fuertes que se escuchan en todo el barrio y los perros se
enloquecen. Y que las fotos que andan circulando de celular en celular
son reales. En consecuencia, el Lote Hogar 38, en Chimbas, está
revolucionado. Y tanto se habla del tema, que ayer la Policía llegó
hasta la casa donde había estado el supuesto duende, pero le quedó
gusto a pólvora porque ya no estaba.
Sea lo que fuere lo que pasó, ya pasó. Es que Ariel Fernández, el joven
de 31 años que dice haber atrapado y retenido a la criatura en su casa,
aseguró que lo liberó el miércoles pasado. Y que se arrepiente mucho,
porque al día siguiente fue "gente de la universidad" a querer
comprárselo. Así que lo único que queda son testimonios, algunas fotos
y, fundamentalmente, un clima de excitación total en el lote hogar.
"Ay, era impresionante. Verde, daba mucho miedo. Yo no lo quise mirar
mucho", contaba ayer una veinteañera del barrio. "Mi mamá no se animó a
ir a verlo, pero yo sí. Lo sacaron un ratito de la jaula y caminaba de
costado en la mesa. No hablaba, hacía como unos gruñidos. Tenía cuatro
dedos en vez de cinco", narraba otra vecina. "Yo entré a verlo y le
hice fotos con el celular. Movía las manitos, era muy feo, como un
viejito deforme", contó más tarde un adolescente del mismo lote hogar.
En total, una veintena de personas consultadas por este diario aseguró
haberlo visto. Todos fueron entrevistados por separado y la descripción
que hicieron del supuesto duende fue exactamente la misma. También
contaron que Fernández les cobraba por entrar a su casa a verlo. Desde
5 hasta 50 pesos. Y que quienes tenían demasiado miedo para entrar,
directamente le pasaban la cámara o el celular al hombre para que éste
lo fotografiara, también a cambio de un pago.
"Es todo mentira, es un muñeco", decía una vecina, madre de tres hijos,
que confesó que no había querido ir a lo de los Fernández a ver el
fenómeno "porque nadie puede pillar un duende: no se dejan pillar,
porque los ayuda el diablo". A favor o en contra, en el barrio ayer no
se hablaba de otra cosa. Todos se referían al duende. Menos en la casa
donde estaba, donde, más íntimamente, lo llamaban "el bicho".
Ariel Fernández había llegado con el bicho en una jaula hace poco más
de dos semanas a su casa. La primera que lo vio fue su madre. "¡Sacá
esa porquería de acá!, ¿no ves que está maldito?", fue el recibimiento
de la mujer, antes de irse a La Rioja. Quienes siguieron conviviendo
con Ariel y el duende fueron sus hermanos. "Le tirábamos carne y pan,
pero no comía. También le dábamos agua, pero no tomaba", dijo Vanesa,
hermana menor del joven. "Con la jaula y todo, el Ariel lo encerró en
el Renault 6 que tenemos en el fondo. Y él se guardó la llave. A veces
lo traía al comedor, entonces venía la gente a verlo, y lo dejaba andar
un rato por la mesa. El bicho estaba siempre agachadito, hacía ruidos.
Y de noche daba unos alaridos... los perros se ponían a ladrar y los
vecinos nos gritaban cosas", relató la chica.
Según Ariel, encontró al duende merodeando atrás del cementerio de
Pocito, cerca de donde él trabaja. Lo envolvió en una campera y se lo
llevó. "Lo único que comió esos días fue unos cueros de pollo", dijo.
"La gente hacía cola para verlo, al principio se asustaban pero después
se acostumbraron", contó Darío, otro hermano. Y Ariel dijo que decidió
"soltarlo cerca de donde lo encontré" por dos motivos: se le había
llenado la casa de gente, y "el bicho ya tenía los ojos colorados,
parecía muy triste, o enojado".
Así fue que el joven volvió a rondar la necrópolis. Algo que, según
todos los que lo conocen, no es muy raro en él: lo apodan "El loco del
cementerio", porque cuando tenía 12 años, se pasó dos meses durmiendo
en el cementerio de Albardón, procesando así el duelo de su abuela
recién fallecida.