DESDE MEDIA AGUA AL PLANETA
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via diario de cuyo El cementerio de Pocito, de donde dicen que
salió el supuesto duende de Chimbas, es prolífico en historias
truculentas. Un viaje nocturno al corazón de este lugar que encierra
tantos mitos como rituales de miedo verdadero. De pronto,
entre la espesura de uno de los pasillos del cementerio municipal de
Pocito, donde las estrellas no alcanzan a alumbrar el piso, un ruido
crepitante se deja caer de los nichos superiores. A la una y media de
la madrugada el aire es tibio, pero todo se congela en ese momento. Es
apenas un par de segundos con ese sonido, que ahora llega hasta la nuca
y baja rápido por la columna, hasta que alguien se da cuenta de que se
trata de un par de palomas asustadas. Sólo palomas. Casi tan asustadas
como los visitantes. Es en este mismo predio donde Ariel Fernández dijo
haber encontrado al duende que aseguró retener una semana en su casa.
Es este mismo lugar donde, según consta en los registros
administrativos, promedio una vez al mes aparecen resabios de brujerías
y magia negra entre los nichos: muñecos con alfileres, fotos, mensajes
con insultos y hasta ropa interior pinchada con alfileres.
Un mueble en la oficina del encargado lo dice todo: junto a la botella
de alcohol, para desinfectarse las manos por andar tocando nichos y
fosas, descansa la botella con agua bendita. "Por las dudas", dice
Alfredo Tivani, a quien se le ponen los ojos rojos cada vez que
recuerda que tuvo que usarla por primera vez cuando encontró una caja
de zapatos sobre un ataúd. La abrió y quedó helado. Adentro estaba el
esqueleto amarillento de un bebé. Con el agua bendita, él mismo lo
bautizó (convencido de que se trataba de un caso de brujería) y lo
enterró en el extremo Sur del cementerio, donde las cruces terminan
confundidas con los autitos, muñecos y restos derruidos de juguetes
dedicados a los "angelitos".
Las palomas seguirán dando sustos cada diez pasos. Es cuestión de
acostumbrarse, dice el sereno, que hace cinco años casi se infarta
cuando un búho enmarañado en la noche le chistó en plena cara. Los
ruidos de este cementerio tienen esa particularidad: primero
sobresaltan, al rato estimulan la alerta defensiva. Sobre todo cuando
el sonido del agua corriendo por el canal del Noreste se corta con
algunos revoleos espasmódicos de los cañaverales. Tal vez un zorro que
bajó del cerro cercano. O un pericote. O alguno de los gatos, que son
cada vez menos en este lugar. O lo que los lugareños de más edad
identifican como la cueva de los duendes.
Por eso el recorrido toma una curva, hasta la puerta enrejada y sin
vidrio de un mausoleo. Si los sonidos crispaban, no son nada al lado de
ese cajón a medio cerrar, iluminado de a retazos por la Luna llena, con
la tapa combada y marcas apenas visibles de alfileres que en un momento
sostenían ropa interior de mujer y una lista de nombres. El nombre más
remarcado era de un comerciante reconocido del centro. Cuando le
informaron, fue hasta el cementerio, descubrió a sus familiares en la
lista, dijo entender entonces por qué le estaba yendo tan mal en los
negocios. Allí mismo, sin esperar, quemó todos los elementos del
ritual. En poco tiempo más, ya había abierto sucursales en la ciudad.
La parte más antigua del cementerio parece diseñada en Hollywood. En la
penumbra, del piso de tierra crecen cruces desordenadas, desparejas,
como si fuera el lomo herido de un reptil gigante. Las lápidas no están
completas, algunas fotos quedaron tan desgastadas que los rostros son
irreconocibles. Hay fosas hundidas, donde los crucifijos de madera
terminaron quebrados y abandonados. El viento trae el silbido de los
álamos cercanos. Y en ese laberinto de flores plásticas aparecen, cada
tanto, sorpresas desagradables.
Lo más frecuente son los muñecos. Hechos en tela, encierran fotos de
personas, además de papeles con nombres y regueros de insultos. Casi
todos tienen además tierra y sal gruesa en el relleno. La mayoría de
los muñecos que aparecen entre las fosas ni bien despunta el Sol, o
incluso antes de anochecer, tienen alfileres clavados en ojos, boca y
genitales. Y, cosidas con hilo o señadas con tinta, leyendas como
"Muere, pu..." o "Hijo de pu..., que el diablo te lleve".
En el sector más señorial del cementerio, muchas entradas a los
mausoleos están cerradas con candado. Sus propietarios se cansaron de
encontrar muñecos con maldiciones. O cráneos hechos en parafina con una
vela encima. O limones quemados y apuñalados con alfileres.
La madrugada sigue negra, pero empiezan a cantar algunos pájaros. El
eco de las palomas sigue regando el aire. Sólo palomas. Sólo asustadas.
Es sólo ruido. Pero dos parejas de jóvenes que estuvieron un poco más
temprano, para "buscar duendes", llegaron hasta la entrada y dieron
media vuelta. Había sólo ruido. Pero demasiado.